Ese pequeño punto azul pálido.

jueves, 27 de diciembre de 2012

LA DURACIÓN DEL TIEMPO.



Uno de los libros que, a casi todos los que estudiamos Biología nos ha influido, es “El Pulgar del Panda” de Stephen Jay Gould. En él se explica que el tiempo que vivimos los mamíferos viene  marcado por el reloj de los cardiomiocitos, las células musculares del corazón, desde que comienzan su contracción rítmica en el estado embrionario. Unas ecuaciones matemáticas revelan que la frecuencia cardíaca y el tamaño del cuerpo se relacionan inversamente, es decir, animales pequeños con una frecuencia cardíaca alta viven menos que animales grandes que presentan una frecuencia cardíaca más lenta. En esencia, vivimos lo que marcan nuestros corazones, teniendo en cuenta, claro está, únicamente este factor. Afortunadamente en el caso del ser humano no es así. Un animal de tamaño parecido al nuestro vive alrededor de treinta años y nosotros, en la mayoría de los casos, bastante más.

Pero el concepto de la duración del tiempo, la percepción del paso del tiempo es diferente en uno mismo según el momento de la vida en que estemos y distinto de unas personas a otras.

Hay periodos en las que el tiempo parece transcurrir con una lentitud desesperante y otros en que se nos escapa literalmente de las manos ¿Qué sucede en nuestro cerebro?

Por un lado tenemos un reloj interno  que nos informa, aproximadamente, de la hora del día en que nos encontramos. La respiración, temperatura corporal, el ritmo cardíaco… varían según los ritmos circadianos (del latín circa diem , un día aproximadamente); estímulos externos se encargan de dar cuerda a nuestros relojes internos. El más cotidiano es la luz. La percibimos a través del ojo y estimula al hipotálamo que comunica con la glándula pineal (el llamado tercer ojo, situado en la base del cuerpo calloso, conectado con la retina) y produce melatonina, hormona que contribuye a mantener la regularidad de nuestro ritmo. La cantidad de melatonina segregada varía con las estaciones (a más luz más actividad), induce el sueño a los animales diurnos y la actividad en los nocturnos.

Además de los relojes internos y de la influencia de nuestro tamaño, al hablar del tiempo usamos el lenguaje del espacio y del movimiento, la percepción del tiempo es esencial para estructurar nuestros movimientos. Primero un movimiento y a continuación otro, cuando hemos terminado el primero. El cerebelo controla los movimientos que hemos automatizado, pero las redes neuronales que controlan los movimientos no automatizados son muy complejas.

Junto con el reloj interno y el movimiento, la percepción del tiempo se encuentra muy ligada a la emoción que sentimos en cada momento ya que las respuestas automáticas son inseparables de los estados emocionales: el aumento del ritmo cardíaco y respiratorio ante un peligro, el nudo en la garganta antes de hablar en público…

La Neurosicología dice que al menos dos propiedades de los estímulos emocionales pueden modular la percepción del tiempo: la primera es la excitación que nos provocan (aumento del ritmo cardíaco)  que, presumiblemente, incrementan la consciencia del paso del tiempo, la segunda es la capacidad de los estímulos emocionales de captar nuestra atención de modo natural. La dopamina (neurotransmisor producido en el hipotálamo) modula los procesos de atención que se ubican en la corteza pre-frontal siendo ésta responsable de la regulación consciente de las emociones. Es importante porque solo cuando prestamos atención somos capaces de juzgar con exactitud la duración de un intervalo de tiempo. Los niños que padecen trastorno por déficit de atención con hiperactividad tienen problemas para estimar la duración de intervalos temporales.

Pero la capacidad de ser totalmente consciente de uno mismo se ha identificado como clave para la estimación del tiempo.

Nuestros recuerdos se acumulan curiosamente en ciertos periodos de la vida: se conoce como el pico de reminiscencia y se sitúa entre la segunda y la tercera década de nuestra vida.  Es adaptativo que así suceda, porque esa capacidad de almacenar recuerdos es imprescindible en nuestro aprendizaje para manejarnos en el mundo cuando somos jóvenes.

Sea como sea el proceso del tiempo, cada vez que sentimos que el tiempo vuela, podemos parar y escuchar el latido de nuestro corazón… nuestro tiempo no ha acabado, seguimos teniendo tiempo, que lo sepamos utilizar, ya es otra cuestión.

Carmen Fabre.

Información: Artículo de Carmen Agustín en REDES.
                          “El pulgar del Panda” Stephen Gay Gould.
                          “Douwe Draaisma”.
                       

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